La perra callejera Laika se convirtió en 1957 en el primer ser vivo de cuatro patas en orbitar la tierra en el interior de la nave soviética Sputnik. Dos años antes, otra perra, de nombre Chona, correteaba por una ladera de Almatriche en la que encontró junto a una acequia un cráneo humano, cuyo hallazgo conmocionó en 1955 la apacible cotidianeidad doméstica de la sociedad grancanaria.
Chona –posiblemente al igual que Laika- se había convertido en un animal popular sin proponérselo. La gran diferencia es que mientras Chona estuvo ajena a las intensas y polémicas pesquisas policiales que llevó a cabo por entonces la Brigada de Investigación Criminal de Las Palmas en los meses posteriores a ese mayo, Laika apenas pudo vivir para contarlo. Murió entre cinco y siete horas después de aquel histórico lanzamiento, aunque su fallecimiento no fue revelado sino hasta décadas después de aquel vuelo espacial. El destino es así de perro.
Chona, que falleció en 1967 –una década más tarde que Laika-, apareció retratada con su cría Chita en las páginas de sucesos del periódico Diario de Las Palmas de la época. Por su aspecto también podría advertirse de que se trataba de una perra común callejera, negra oscura y de porte poco vistoso. Pero ajena al ruido que propició la localización de aquel macabro cráneo, Chona empezó a convertirse en una perra famosa incluso en la Península. El redactor jefe de El Caso, semanario especializado en la crónica negra, de gran seguimiento en aquella España gris del franquismo, así lo corroboraba cuando llegó a la Isla para cubrir el luctuoso asunto: “la perra Chona se ha hecho muy popular en el resto de España”, dijo.
Laika ladraba en ruso y Chona lo hacía en un canario común para reclamar la atención de su dueño, Roque Moreno Ramírez, desde su cuadrúpedo y banal universo. Imagino la pulcritud científico-perruna de Laika, frente al carácter fiero e inquieto que decían tenía nuestra Chona, que se tumbaba discretamente al sol junto a su palangana de comida tras salir a olisquear y pasear el lomo por un Almatriche que se consideraba por entonces zona rural, y que ha terminado cediendo a la especulación urbanística como otras tantas áreas de la Isla.
Dicen que los animales que mueren dejan oír su cólera. A buen seguro que nuestra Chona está ladrándonos desde el más allá enfurecida y jaleada por Laika, a causa de esta producción musical que utilizará su nombre eludiendo abonarle sus correspondientes derechos perrunos como legítima protagonista de tal espectáculo.
Y como los muertos casi nunca tienen prisa, todavía seguimos sin saber casi 60 años después, quién es el dueño de ese cráneo que nos enfrenta al abismo oscuro de nuestra imaginación, que ha alimentado y producido leyendas, rumores pintorescos y chismes variopintos alrededor de un asesinato calculado que adquirió en una Gran Canaria de posguerra tintes de serial dantesco.




