Francesc Zanetti
Por principio no creo que la música del presente sea mejor que la del pasado. Un buen tema produce gratificación instantánea. Pero en esa compleja y deliciosa ensalada de estilos que actualmente engloba a la música popular, siempre habrá quien desee ir más allá del impacto lúdico desechable para cuestionarse por qué una determinada composición nos causa o produce un efecto tan hondo y duradero, por qué algunos artistas logran galvanizar con su sensibilidad a un amplio sector de público y otros cautivan sólo a una exigua minoría, de qué modo nuestro legado musical a lo largo de los años va conformando el tejido de nuestra conciencia y estructurando la memoria emocional de una determinada comunidad.
Como lo popular se reinventa periódicamente, Alegransa se lo ha propuesto en este siglo XXI y desde Canarias, empleando las fuentes del catálogo del cancionero tradicional del Archipiélago, el que –seamos serios y dejémonos de pasteleos- más éxitos y proyección exterior ha reportado a cuantos grupos han acudido a sus fuentes en los últimos cincuenta años. Si no, que se lo pregunten a Sabandeños, Gofiones o Mestisay, tres de las formaciones musicales que más éxitos han registrado con sus producciones discográficas fuera de las Islas.
Alegransa presenta ahora una propuesta en la que une dos universos que han estado emparentados, pero que siempre habían renunciado a intimar (lo culto y lo popular, lo clásico y el folclore, la intuición y la precisión, la naturalidad y el análisis…) para hacer suyo ese ideal de compromiso sin estereotipos entre creación y arte popular.
Una propuesta sencilla que encierra, sin embargo, una profunda complejidad, por cuanto esos materiales sonoros han seducido –y continúan seduciendo- a sucesivas generaciones de público, artistas y músicos, tratando de atrapar su belleza original. El sueño eterno de toda canción o composición musical: su perpetua inmortalidad en el imaginario colectivo.



